Tribuna de opinión
Estanqueidad en redes de saneamiento: Décadas de soluciones complejas para un problema...
21 septiembre 2026
"Hay una verdad incómoda en el sector del agua que rara vez se formula con claridad: llevamos años resolviendo mal el problema de la estanqueidad en las redes de saneamiento"
Mientras el foco técnico y mediático se ha centrado históricamente en las fugas de las redes de abastecimiento, las infraestructuras de saneamiento han permanecido en un segundo plano, pese a su enorme impacto ambiental, operativo y económico. Con miles de kilómetros de redes envejecidas (España cuenta con cerca de 189.000 km de redes de alcantarillado) y con una media más de 30 años en servicio, el deterioro progresivo ha convertido la falta de estanqueidad en un problema estructural. Estas infraestructuras han sido tratadas históricamente como “el hermano pobre” del sistema, invisibles, salvo cuando fallan. Y, sin embargo, seguimos abordándolo como si no supiéramos dónde está el origen.
El problema real: no son las tuberías, son las uniones
Es, fundamentalmente, un problema de uniones. Ahí es donde el sistema falla: en la conexión entre tuberías plásticas y pozos de hormigón o fábrica de ladrillo, donde confluyen comportamientos completamente distintos; flexibilidad frente a rigidez; dilataciones frente a estabilidad estructural; realidad de obra frente a precisión teórica. Si analizamos en profundidad dónde se producen los fallos, encontramos un denominador común: las uniones entre elementos heterogéneos (plástico–hormigón).
Y las consecuencias son bien conocidas; infiltraciones que alteran el funcionamiento hidráulico y del sistema de depuración; exfiltraciones que contaminan el entorno y provocan asientos diferenciales que agravan las patologías y afectan a las calzadas; entrada de raíces que obstaculizan o ciegan las conducciones. Y, aun así, el sector ha insistido en soluciones que no atacan el problema desde su raíz.
Soluciones actuales: técnicamente válidas, operativamente frágiles
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El mortero: la solución que nunca lo fue
Es preocupante la persistencia de soluciones basadas en la unión directa mediante mortero entre la tubería plástica y el pozo de hormigón o ladrillo, incluso en ejecuciones aparentemente impecables. Esta práctica parte de un error técnico fundamental, intentar rigidizar una unión entre materiales con comportamientos incompatibles.
El plástico trabaja, deforma y se adapta, mientras el hormigón o ladrillo permanece rígido. Por tanto, el mortero, lejos de resolver la unión, se convierte en su punto débil por el que tendremos fisuración progresiva, pérdida de estanqueidad, aparición de infiltraciones y las temidas entradas de raíces a través de microfisuras. Y lo más engañoso, aparenta funcionar… hasta que deja de hacerlo.
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Juntas de caucho en pozos de hormigón
Otras de las soluciones más extendidas (aparentemente, porque la realidad no es así) sigue siendo la unión mediante juntas de caucho en pozos de hormigón. Una solución que, sobre el papel, cumple con los requisitos técnicos, pero que en la práctica depende de una ejecución extremadamente precisa. Y ese es el problema. Porque la obra real no responde a condiciones ideales, las tolerancias son imperfectas, las condiciones de instalación son variables, la presión de plazos y costes depende del operario. El resultado es una solución, costosa, delicada, altamente dependiente del factor humano y, lo que es peor, con fallos que suelen manifestarse cuando el sistema ya está en servicio.
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Pozos plásticos
Como alternativa, el mercado ha impulsado en los últimos años, acompañado de una fuerte prescripción, los pozos plásticos prefabricados, concebidos como sistemas estancos (que lo son) y presentados como gran innovación. Esta solución es la ideal, vaya por delante, es lo deseable, es a lo que debe tender el mercado y es, lo que, con el tiempo, debe imponerse si miramos nuestras redes como técnicos.
Pero realidad, a día de hoy, es muy tozuda y su traslación a la obra presenta limitaciones evidentes, de las que ya desde el primer momento todos somos conscientes; escasa adaptabilidad a trazados y situaciones reales, rigidez frente a imprevistos, costes muy elevados e instalación crítica y poco tolerante al error. Algo que, lejos de esconderse, es reconocido ampliamente. Este “producto” tiene aún mucho margen de mejora.
La paradoja es clara, cuanto más perfecta es la solución en fábrica, más difícil resulta implementarla correctamente en obra.
La gran incoherencia: exigimos estanqueidad… excepto donde más importa
Existe además una contradicción difícil de justificar desde el punto de vista técnico. En las conducciones, las uniones entre tuberías están sometidas a exigencias claras de estanqueidad, con ensayos que deben garantizar valores del orden de 0,5 atm. Se diseñan, se prueban y se certifican.
Pero cuando el sistema llega al pozo, precisamente el punto más crítico, esa exigencia desaparece en la práctica.
Los pozos de registro se convierten así en auténticas “islas de incumplimiento técnico”
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Sin ensayos sistemáticos de estanqueidad.
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Sin verificación real de las uniones.
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Sin control equivalente al de las conducciones.
La paradoja es evidente: exigimos estanqueidad donde es más fácil conseguirla… y la ignoramos donde es más necesaria.
El error de fondo: diseñar para un mundo que no existe
Todas estas soluciones comparten un mismo enfoque: están concebidas para condiciones ideales que no se dan en obra. Y eso las convierte en sistemas que son dependientes de ejecuciones perfectas, vulnerables a pequeñas desviaciones y muy costosos en implantación y mantenimiento. El problema no es tecnológico, es conceptual.
Un cambio de paradigma: la simplicidad como criterio técnico
La experiencia acumulada en obra civil apunta en una dirección clara: las soluciones más eficaces no son las más complejas, sino las más robustas frente a la imperfección.
En un entorno donde la variabilidad es la norma, la clave no está en exigir perfección, sino en diseñar sistemas que la toleren. Esto implica apostar por soluciones; flexibles, adaptativas, sencillas de instalar y poco dependientes del factor humano, ¡ay, el factor humano…!, qué expresión más manida, pero más de actualidad que nunca cuando nos encontramos con una fata enorme de profesionales en el sector. Tendemos, si nos fijamos, a que todo sea un mecano. Un puzle sencillo con instrucciones para no equivocarnos, pero nos haga huir del error y minimizar el fallo.
No se trata de simplificar la técnica, sino de hacerla más fiable en condiciones reales. Es un salto necesario.
En este contexto, propuestas como las cintas de sellado Sealtape by Ostendorf representan un cambio significativo en la forma de abordar el problema. No por añadir complejidad, sino por eliminarla. Se trata de una solución capaz de garantizar estanqueidad hasta 2 atm (muy por encima de las exigencias habituales) que introduce elementos clave en este ámbito:
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Sencillez de instalación
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Alta versatilidad
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Adaptación a diferentes materiales y situaciones de obra
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Reducción de la dependencia de ejecución perfecta
Más allá del producto concreto, lo relevante es el enfoque: diseñar soluciones que funcionen en la realidad, no solo en el papel.
La estanqueidad en redes de saneamiento no ha sido un problema de falta de soluciones, sino de enfoque. Durante años, el sector ha confundido innovación con complejidad, ignorando una evidencia fundamental, en un entorno imperfecto, que os voy a decir de lo que es una obra, a ti lector, es que es imprevisible, errática, difícilmente de controlar, y más calificativos que seguro a ti se te vienen a la cabeza.
Por tanto, la mejor solución no siempre es la más avanzada… sino la más sencilla, en este caso la más tolerante al error.
Quizá ha llegado el momento de dejar de sofisticar el problema y empezar, por fin, a resolverlo de la manera mas sencilla que ofrece el mercado. Cinta de Sellado, Sealtape
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Cinta de sellado Sealtape colocado en un manguito de tuberías de PP-MD

Javier García González